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lunes, 28 de agosto de 2017

LA CASA DEL MIEDO DE LAS MINAS DE VALDEFORES


Antes de ser ciclista y buscar de una forma casi incomprensible, las cuestas más empinadas de los alrededores de Cáceres, ya mi abuelo me había hablado de una truculenta historia ocurrida en las Minas de Valdeflores. Todo ocurrió en una casa al final de lo que se le conoce como la Cuesta de la Casa de Miedo, por la que las pedaladas son duras y satisfactorias a la vez. Tras toda la polémica con la posible reapertura de Valdeflores, he estado pateando la zona bastante, y visité hace unos días la misteriosa casa. Al recordar solo vagamente lo que mi abuelo me relató, decidí colgar una foto en al Facebook del blog y preguntar. El resultado ha sido sorprendente: varios de vosotros me habéis contado vuestras versiones de lo que en dicha casa ocurrió. Con todo eso, y lo poco que yo recuerdo, he creado un relato que aúna los puntos coincidentes de todas las versiones recibidas.



En las primeras décadas del siglo pasado se extraía mucho mineral de los túneles de la mina de San José de Valdeflores y había varias bocas trabajando a pleno rendimiento. Entre los muchos mineros que trabajaban por turnos allí, había uno del que no se recuerda el nombre, pero al que sus compañeros llamaban Picorroto por su carácter distante, hosco y desabrido. Picorroto era un hombre poco amistoso y nada dado a la conversación ni a relacionarse con sus compañeros de faena, razón por la que era muy poco apreciado por los demás. A todo esto, había que sumar su desmedida afición al vino, lo que le agriaba aún más el carácter. Algunos cuentan que era natural de Cilleros, otros que de Ahigal, y que había servido en la guerra de África, lo que podía ser la razón de su carácter por los horrores que allí habría vivido.



Cuentan que, además, cuando bajaba a los túneles, no dejaba de murmurar para sus adentros cosas ininteligibles que sólo contribuían a aumentar el nerviosismo y la incertidumbre naturales de quienes bajan a lo más profundo de la tierra.  Algunos compañeros, incluso, juraban que le habían visto apartarse disimuladamente del grupo y le oían hablar y gesticular como si discutiera con alguien en la oscuridad de los túneles. Pocos se atrevían a preguntarle a Picorroto por este particular, pero los que lo hicieron contaron que en medio de sus borracheras sólo alcanzaron a entenderle amenazas sobre el Monje de la mina, afirmando que estaba muy irritado porque los hombres se adentraban en las profundidades de la tierra y le robaban sus riquezas sin pagar, y que el Monje exigía un tributo. Todos creían que Picorroto estaba loco y se alejaban lo más posible de él.

Cierto día de noviembre según unos, o de diciembre según otros, a la caída del sol, enviaron a Picorroto junto con tres compañeros a la casa que había en lo alto del cerro a por unas herramientas. En esta pequeña edificación se almacenaban utensilios y explosivos para los trabajos de la mina. Mientras subían los mineros no dejaron de oír murmurar a Picorroto. Llevaba ya unos días más hosco que de costumbre y se había visto envuelto en varias peleas con compañeros, por lo que procuraban no acercarse mucho a él. Una vez en la casa, empezaron a sacar las herramientas que les habían ordenado llevar, estaban tan ocupados en ello que no se fijaron en que Picorroto había desaparecido.


De pronto, y sin mediar palabra, vieron como Picorroto se arrojó sobre ellos, golpeándoles con su pico con una saña inimaginable. Tan salvaje fue el ataque que mató a los tres sin que tuvieran ninguna oportunidad de escapar, dejando las paredes de la casa cubierta de sangre.


Los trabajadores de la mina tardaron en echar de menos a sus compañeros, cuando por fin lo hicieron y subieron a la casa, encontraron una escena que nadie querríamos vivir: los cuerpos decapitados de los tres mineros descansaban en cada uno de los huecos de las dos ventanas y la puerta de la fachada. No podían creer lo que estaban viviendo… pero lo peor estaba por venir. En las traseras de la casa, en una pequeña explanada de hormigón que aún se conserva, estaban las tres cabezas de los mineros formando un siniestro triángulo. De Picorroto no había ni rastro, le buscaron por toda la sierra de la Mosca durante días, la Guardia Civil se movilizó por toda la provincia, pero nunca se le volvió a ver. Desde entonces algunos afirman que cuando sopla el viento por la vaguada del arroyo de Valhondo, se pueden distinguir entre sus murmullos los gritos de terror de los mineros asesinados. Otros dicen ver en la casa una sombra que porta una vieja lámpara de carburo en una mano y un pico roto en la otra.




Los años pasaron y poco a poco esta historia fue olvidada, la mina se cerró y los alcornoques y las jaras fueron recuperando sus antiguos dominios, y la ciudad de Cáceres volvió sus espaldas a las minas de Valdeflores. Nunca sabremos si esta historia fue real o tan sólo era una de tantas leyendas típicas de mineros que se popularizó por un tiempo en Cáceres. Un amigo apuntaba que, a lo mejor, la leyenda fue extendida por la propia empresa que explotaba la mina para mantener alejados a los curiosos y a los ladrones de sus instalaciones y del almacén de los explosivos.  Lo único que sabemos es que en los últimos tiempos se habla de volver a abrir la minas de Valdeflores, esta vez en la forma de una explotación a cielo abierto, y que si hace unos cien años los túneles de las viejas minas enfurecieron tanto al Monje como para exigir un tributo de sangre, esperemos que esta nueva explotación no haga volver a Picorroto para cobrársela…


P.D. Esta historia tiene una segunda parte que ya os contaré, Al Detalle. 

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